21 oct. 2012

Hasta que la muerte nos separe

La actriz Cameron Diaz se proclamó recientemente adicta al sexo. Pero, ¿lo es? Consultamos a expertos para averiguar dónde está la frontera entre una apetecible búsqueda de placer y una patología que puede arruinarte la vida.

Adorar el sexo, considerar que eleva el espíritu y mejora la salud, e incluso utilizarlo como remedio infalible en los momentos más bajos, recurriendo a él tantas veces como haga falta, puede considerarse natural como la vida misma. Y no hay razón, ni para privarse de tal placer, ni para autoproclamarse adictos al sexo, como hizo recientemente la actriz estadounidense
Cameron Diaz.
Quizá sí atinan más su colega Sharon Stone, definiéndose como “fogosa hasta la enfermedad”, y el rapero y productor musical Kanye West, quien ha confesado su acuciante necesidad de mantener al menos cuatro relaciones diferentes cada noche, lo que le lleva a rebuscar hasta en los muladares si es preciso. Eso sí es adicción en toda regla, según describe el psicólogo Fernando Pérez del Río, autor del libro Nuevas adicciones, ¿adicciones nuevas? A saber: “Conducta fuera de control, graves consecuencias, incapacidad para detenerse, autodestrucción, esfuerzo por limitar la conducta sexual, obsesión y aumento de la cantidad de experiencia, cambios severos del estado de ánimo, comportamientos negligentes y pérdida excesiva de tiempo”.

El primero en describir la adicción sexual fue el psiquiatra norteamericano Patrick Carnes en 1992 en su libro Out of the shadows: “Igual que un alcohólico incapaz de parar de beber, el sexoadicto no puede frenar su conducta sexual autodestructiva, a pesar de las rupturas familiares, los desastres financieros, la pérdida del empleo y otros riesgos que su conducta pueda acarrear”. Tomando de nuevo uno de los escándalos que acostumbra a servir la industria del cine, el actor David Carradine acabó su vida con una asfixia autoerótica, una forma de masturbación propia de quien ha caído en la adicción extrema.

Esa línea que torna el deseo en trastorno y el sexo en patología la han cruzado, solo en Estados Unidos, entre 17 y 37 millones de personas. Y alrededor de un 6% de la población mundial. El cálculo no parece tan exagerado si nos atenemos a un preocupante dato que arroja la última Encuesta Nacional de Salud Sexual y que podría ser uno de los semilleros de este trastorno: al 45% de los varones y 23% de las mujeres les gustaría practicar más sexo. El Informe Pfizer desvela la mayor preocupación sexual de los españoles: una ansiedad sexual que les provoca sufrimiento.

Y del ansia pasa a la obsesión. Es cuando los pensamientos y fantasías comienzan a brear el cerebro. “Aún no hay razones para sospechar ningún deterioro”, relata Pérez del Río, “pero el ciclo se transforma en ansioso, aparecen la tensión y la irritabilidad y los primeros esfuerzos por reducir o controlar el ritual terminan fracasando. A esto se suma la percepción de un placer más acotado, fragmentado y vacuo, cuyo reflejo son los encuentros rápidos y casuales. Aparecen las mentiras, el alejamiento de los seres queridos y, a pesar de todo, se sigue insistiendo en la conducta que acaba en culpa y remordimientos”.

Estos y otros pormenores aparecen trazados en Shame, película que retrata la vida de Brandon, un ejecutivo neoyorquino adicto al sexo que se ve acorralado por un apetito sexual insaciable, masturbaciones, consumo de porno y relaciones sexuales obsesivas. Su desenfrenada sexualidad, más que complacerle, le conduce a un sentimiento perenne y doloroso de vergüenza (shame en inglés).

La detección de este trastorno es complicada, sobre todo por la cantidad de formas en que se expresa: infidelidades, prostitución, múltiples parejas a menudo anónimas, llamada a líneas eróticas, masturbación compulsiva, sexo virtual… “Las redes sociales y la desinhibición dan rienda suelta a ese impulso desaforado que puede terminar en desorden”, según explica el psiquiatra José María Vázquez-Roel.

Tratarlo como una droga

Cuando Patrick Carnes investigó a finales del siglo pasado las adicciones sexuales, encontró no solo demasiados puntos en común con otras, sino que el 42% de los afectados eran también adictos a otras sustancias y el 30% compraban o jugaban de forma compulsiva. Por eso, los criterios de diagnóstico se comparan con los que se usan en la dependencia de sustancias. Sus resultados han sido corroborados después por otras investigaciones que muestran también que el paciente tiende a reconocer más fácilmente las adicciones químicas que las sexuales, sobre todo por miedo al rechazo social.

El adicto invierte tiempo planeando con quién perpetrará sus actos, hurgando en páginas de internet, buscando productos para aumentar su vigor. Solo cuando la situación escapa a todo control, pide ayuda, según Carnes. El psiquiatra advierte del riesgo de que una falla en su cura o diagnóstico puede agudizarlo todavía más.

La mayoría de los tratamientos combinan terapia cognitiva conductual, individual o en grupo, con el asesoramiento sexológico y fármacos ansiolíticos cuando es necesario mitigar niveles altos de ansiedad, o antiepilépticos en dosis moderadas para reducir el exceso de impulsividad asociado a veces al sexo. La terapia en grupo está dando buenos resultados: es el modo de romper con el aislamiento y el retraimiento que siguen al sentimiento de culpa.

El fin del tratamiento, según Vázquez-Roel, es conseguir recuperar unos hábitos de contención y moderación que faciliten una vida sexual satisfactoria dentro de una relación estable, y así acabe la agonía expresada en esta frase del psicoanalista francés Jacques-Alain Miller: “Amando a quien no deseas y deseando a quien no amas”.








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