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12 nov 2012

Francia | En Córcega se asesina en silencio (Le Monde, Paris)

Ni una vela, ni una flor que recuerde sus últimos instantes. En los lugares donde cayeron no se encuentra ninguno de esos altares que en Córcega se ven por todos los arcenes de las carreteras, como centinelas de plástico que honran durante años la memoria de los automovilistas fallecidos al volante. Tampoco se ven placas como las dedicadas a los miembros de la resistencia en el Cours Napoléon, la calle principal de Ajaccio. Ningún rastro de esos ad memoriam erigidos en recuerdo de los militantes del FLNC, cuyos epitafios grabados en mármol aseguran que aunque se mataran entre sí, murieron "per a nazione". Desde hace seis años y desde el asesinato de un miembro de la Asamblea de Córcega, Robert Feliciaggi, nuevos fantasmas rondan Ajaccio a un ritmo que se acelera. Y confieren a la capital administrativa de Córcega un aire de campo santo.

Las calles de la ciudad imperial están marcadas con una nueva serie negra: las víctimas, o los miembros de un puñado de facciones rivales que imperan en la ciudad, emancipadas de la tutela de los ancianos y de los padrinos. Una nueva geografía fúnebre que se añade a dos hecatombes más antiguas. La de 1995, cuando, durante la "guerra civil" entre nacionalistas, a la muerte de una persona de un bando se respondía en menos de veinticuatro horas con un asesinato en el otro. Y la otra, más sangrienta aún, que conmocionó a la ciudad cuarenta años antes: la "guerra del Combinatie", un barco que transportaba cigarros y que encalló en el golfo de Ajaccio. La pelea por hacerse con su cargamento estructuró durante decenios los entornos corso y marsellés.

La espiral de asesinatos que no se deben ni a casualidades ni a ideales comienza en el aparcamiento del aeropuerto de Ajaccio. En 2006, Robert Feliciaggi fue asesinado con dos balas en la nuca ante el maletero de su BMW, donde se disponía a colocar su equipaje. Era un hombre de negocios grueso y jovial, siempre vestido de chaqueta y fumador, ni un golfo ni un nacionalista, ni tampoco un padrino como algunos de sus amigos. Ahí, ante el cartel de Avis donde se amontonan los viajeros para alquilar un coche, es donde podría iniciarse este extraño periplo, este juego de la oca mortuoria que se detiene, de momento, en una estación de servicio de la carretera de la Route des Sanguinaires, donde el abogado Antoine Sollacaro fue asesinado el 16 de octubre.

Desde el aparcamiento del aeropuerto donde murió "Robert", como le llamaba todo Ajaccio, yendo hacia la ciudad antigua, la autovía gira a la derecha, en dirección a Mezzavia, la zona comercial: en unas decenas de metros, no menos de cuatro muertos. Delante del colegio, Jules Massa, el guardaespaldas del jefe clandestino François Santoni. Enfrente, entre una furgoneta de pizzas cuyo vendedor fue eliminado tras el mostrador y la antigua cámara de agricultura, delante de la cual su presidente, Lucien Tirroloni, pereció en 1990 bajo 25 balas de 9 mm, un día de Navidad, una placa, la del "doctor Lafay". El veterinario había fundado una asociación para las víctimas del terrorismo. Herido por tres balas de revólver en 1982 por el FLNC, le invitaron cinco años más tarde a debatir sobre "la violencia" en un estudio de France 3 Corse. Al salir, fue abatido como un conejo sobre la acera. En las imágenes de archivo, se ve al "doctor Simeoni", uno de los héroes autonomistas de Aléria y su adversario en el debate de televisión, haciéndole el boca a boca al desafortunado.

"La violencia invade el paisaje, da forma a las mentalidades, organiza la sociedad, alimenta las conversaciones, nutre las columnas de los diarios, siembra el decorado de ruinas, contamina las calles", escribía el ensayista corso Nicolas Giudici antes de ser asesinado en 2001. Bajando por el Cours Napoléon se encuentra la demasiado célebre calle del Général-Fiorella. Una de las pocas placas mortuorias de la ciudad se encuentra al lado de la panadería Kallisté-Bouffe, donde los gendarmes del cuartel cercano acuden a comprar bocadillos. Allí, el 6 de febrero de 1998, el prefecto Claude Erignac fue "vilmente asesinado" mientras se dirigía al Teatro Kallisté. En el escaparate de esta sala de espectáculos en desuso, no ha cambiado nada: Los hermanos corsos, de Alexandre Dumas, que se desarrolla en el pueblo de Sollacaro, están en cartel desde hace catorce años. Y la Orquesta de Aviñón sigue tocando la Sinfonía inacabada de Schubert.

Siempre es en los bares de la ciudad desde donde, en cuestión de minutos, la noticia de una "malamorte", una muerte violenta, recorre Ajaccio, seguida de un rosario de aforismos. "Mejor él que yo", "Más vale hacer de carnicero que de ternero", "Más vale ver a los gendarmes que al cura". Y a veces, abriendo las manos con un gesto de impotencia: "Puede que tú no sepas por qué está muerto, pero él si lo sabe". El asesinato es durante varios días el único tema de conversación, pero en el momento en el que se acerca alguien a una mesa vecina, se baja la voz. Un ajaciano que quiere mantener el anonimato, cuenta, incluso cincuenta años después de que sucediera, que cuando era niño, después de tomarse una granadina en el Sporting, oyó disparos y gritó: "¡Han matado a François!". "Aún recuerdo la bofetada que me dio mi padre, diciéndome 'hablamos de un asesinato sólo entre nosotros', sobre todo en verano, cuando todas las ventanas están abiertas", reconoce.

Como mucho, la víctima tendrá una sala en el palacio de justicia, como el exdecano del Colegio de Abogados Antoine Sollacaro, o un bulevar, como Marie-Jeanne Bozzi, asesinada el 21 de abril de 2011 en un aparcamiento de Porticcio, ciudad de la que era alcaldesa. Al final del Cours Napoléon, junto al mar, no lejos de la jefatura regional, ¿alguien se acuerda de que un militante nacionalista llamado Yves Manunta estuvo a punto de morir en 1996? No pudieron con él noventa y nueve balas. En noviembre de 2011, a menos de cien metros de su primer campo de batalla, unas cincuenta balas silbaron de nuevo en sus oídos. Resultaron heridas su mujer y su hija de 10 años y hoy se encuentran bajo la vigilancia del servicio de protección de altas personalidades. Mientras, Yves Manunta se convirtió en uno de los fundadores de la Société méditerranéenne de sécurité (SMS), la tercera empresa más importante de la isla, que vigila los aeropuertos y los puertos de Córcega y de la Costa Azul. Pero luego se enemistó con su socio, Antoine Nivaggioni. Con su chaleco antibalas, delante de la puerta de los restaurantes que a veces frecuentaba, Yves Manunta bromeaba al principio de verano: "Me llaman Survivor". Pero el 9 de julio, unos asesinos acabaron con su vida a la vuelta de la esquina, en la calle donde se negaba a vivir recluido como una rata. "Al girar, no nos queda otro remedio que pensar en él cada día", comenta un funcionario de la Asamblea de Córcega, que se encuentra a cien metros de allí.

Un poco más abajo, hacia el mar, fue donde ejecutaron al otro socio de la SMS, Antoine Nivaggioni, el 18 de octubre 2010. Todo el mundo en Ajaccio conocía a "Antoine": era el hijo de los tenderos de La Parisienne, una tienda que abría hasta tarde. Dos hombres salieron de un baúl colocado sobre el techo de un vehículo aparcado delante del inmueble. Con una escopeta, un fusil de asalto y una pistola, los asesinos no le dieron ninguna posibilidad. "Por lo menos taparon los agujeros", comenta un habitante delante de los impactos que cubrieron el muro. Unos parches sobre los estigmas de un asesinato que a la ciudad le gustaría olvidar.

"Pensamos en los muertos unos días, unas semanas, y luego se pasa, como todo", suspira un peluquero de la calle Fesch, la arteria comercial de la ciudad, donde uno de los miembros de una de las bandas ajacianas fue abatido el 29 de enero de 2009. "¿Cómo decirlo? Forma parte de nuestro patrimonio", sugiere. "Si se pusieran estelas de recuerdo, la ciudad parecería un calvario", añade otro. Casi palabra por palabra, la frase de Mérimée para describir el "cementerio" en el que se convertiría la plaza Porta, en Sartène, si se colocaran cruces allí donde cayeron hombres.

En abril, cuando asesinaron a eso de la medianoche a Jean-Pierre Rossi, propietario de un establecimiento de kebabs cerca de la comisaría, cuando salía a tirar la basura todo el mundo comprendió rápidamente que había muerto en lugar de otra persona. La ciudad entera susurró el nombre del vecino afortunado, si se puede denominar así. El vendedor de sushi de la esquina de la calle propuso poner una placa en su memoria. La mayoría de vendedores se negaron. Lo único que tiene Jean-Pierre Rossi hoy como placa conmemorativa es un cartel de "Se vende".

Las figuras de los muertos nunca deben rondar por los cruces. "No es cobardía, es una protección, un modo de vida y de supervivencia. De lo contrario ¿qué hacemos cuando saludas en un bar a un tipo que se ha pasado dieciocho años en la cárcel?", plantea un periodista local. La sociedad corsa, comenta, es una sociedad de mentira sobre sí misma. "La isla solo tiene función de decorado, como en la literatura francesa del siglo XIX. Somos los últimos en pensar que Córcega es un lugar preservado. Vivimos en una especie de Cinecitta sin figuras humanas".

No hay ningún rastro de este murder tour en la literatura, ni siquiera de forma indirecta en las novelas policíacas locales. Tampoco en las guías. "Contemplé la idea de hacer un libro con fotos de las cruces en las carreteras de la isla, pero renuncié a ella", confiesa el editor Jean-Jacques Colonna de Istria. "Me di cuenta de que no tenía sentido. Sin embargo, los asesinatos...".

Por la mañana, en la terraza del Golfe o en el Cours Napoléon, los viejos ajacianos hojean el diario Corse-Matin, antes de enviar al mediodía sus cartas de condolencia: "Conocemos a todo el mundo". Pero cuando intentamos preguntar a alguno de ellos para sonsacarle la geografía y los misterios de este circuito mortuorio, da un giro malicioso rápidamente: "Me falla mucho la memoria. A veces me cruzo con personas en la calle que creía que habían muerto, las cosas van así rápido...".


Fuente: PressEurop

2 nov 2012

España | Unos abuelos todo terreno (Le Monde, Paris)

Pilar Goytre, de 65 años, con las gafas colgadas y balanceándose alrededor del cuello, corre detrás de su nieto de dos años. Le coge de la mano antes de que se acerque demasiado a la carretera y retoma su camino, hacia los parques infantiles del río Manzanares. Todos los viernes, esta dinámica abuela, de pelo corto rubio y entrecano, va a buscar a Mario a la salida de guardería de Puerta del Ángel, un barrio popular del suroeste de Madrid. Ante la verja podemos ver esperando, al igual que ella, a muchas abuelas.

Según una encuesta del ministerio de Salud y Políticas Sociales, cerca de la mitad de los abuelos españoles se ocupan de sus nietos a diario y cerca del 70 % los cuida durante las vacaciones escolares. En España, los abuelos han ocupado siempre un lugar central en la familia, pero con la crisis, su ayuda se ha convertido más que nunca en una necesidad. Un estudio del Consejo Económico y Social de España (CES), que engloba a los agentes sociales, cifra en 422.600 el número de hogares que vivieron en 2011 gracias a la pensión de los abuelos, de un total de 17 millones de hogares. Esto representa un incremento del 21 % con respecto al año anterior.

Pilar, jubilada desde marzo, realiza un trayecto en metro de tres cuartos de hora para ocuparse de Mario hasta que regresen del trabajo su hijo Miguel y su nuera Virginia. Con 37 años, los dos son mileuristas. Él trabaja en una agencia de viajes y ella es agente de control de calidad en un laboratorio. Les resulta imposible contratar a una niñera a tiempo completo. Pero Pilar no se queja. "Adoro a mis nietos", afirma mientras le da al pequeño Mario una galleta con forma de dinosaurio.

En España, en más de 1,7 millones de hogares, la totalidad de sus miembros está en paro y cerca de 300.000 familias han perdido su vivienda desde el inicio de la crisis. Entonces ¿por qué no explota el país? Los economistas y los sociólogos nos dan la misma respuesta: "por el peso de la economía sumergida", que representaría entre el 20 y el 25 % del PIB nacional. Pero sobre todo, "por la solidaridad familiar", la verdadera red de seguridad en caso de sufrir un duro golpe.

Y quizás la expresión se queda corta para describir la función que desempeñan los abuelos en la crisis actual. Constituyen elementos fundamentales de la sociedad y mitigan los fallos del sistema social, empezando por la falta de plazas en las guarderías públicas o sus horarios tan a menudo incompatibles con la vida profesional. También están ahí para alojar a los que han perdido la vivienda, para tomar el relevo cuando se acaba el subsidio de desempleo o para pagar las vacaciones.

Sin embargo, la crisis a ellos también les afecta y por partida doble: en primer lugar, como todos los ciudadanos, sufren la política de austeridad del Gobierno español (las pensiones se congelaron en 2011 y apenas han subido un 1% en 2012, un aumento bastante inferior a la inflación, que se acerca al 3%); por otro lado, ahora tienen que pagar parte de los medicamentos, que hasta ahora eran gratuitos para los jubilados. De este modo, la población de edad avanzada sufre como padres, ya que la crisis afecta a sus hijos y a sus familias y por ello a menudo recurren a ellos económicamente, pero también desde un punto de vista moral.

"Estoy convencida de que la generación de mis hijos no vivirá tan bien como nosotros", lamenta Pilar, triste por ver cómo su país "retrocede". Impulsada por la indignación, ha decidido luchar contra las consecuencias de la crisis "ayudando a la familia, pero también saliendo a la calle". Como otros muchos abuelos, acude en primera fila a las manifestaciones para denunciar las injusticias sociales y los recortes presupuestarios en la educación y la sanidad públicas.

Forma parte de los "yayoflautas", los "indignados" de la tercera edad, los veteranos de este movimiento de protesta ciudadana que surgió en la primavera de 2011. El término se deriva del calificativo peyorativo perroflautas, empleado por la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, para designar a los "indignados" que asociaba a los hippies que tocan la flauta junto a su perro.

Sin embargo, los yayoflautas no tienen nada de hippies. Con cabellos grises, gafas y rostros arrugados, podemos ver a una treintena de ellos en la Puerta del Sol, listos para manifestarse contra la política del Gobierno de Mariano Rajoy, como todos los lunes a las siete de la tarde. Martos Ruiz-Giménez, de 74 años, lleva colgada del cuello una pancarta en la que se lee: "Quien siembra indignación cosecha revolución".

Con orgullo, este abuelo de rostro redondo, cuyos ojos brillan bajo una gorra blanca, explica: "Me lo ha escrito mi nieta". Con la pensión de Marcos, de 700 euros al mes, vive su mujer, pero también una de sus nietas, Marta, de 29 años, que ha retomado sus estudios de biología y prefiere vivir en su casa en lugar de con sus padres, que están divorciados.

Desde 2008, Martos también acoge a su hijo Marcos, de 44 años, en el domicilio familiar, que "por suerte" ha acabado de pagar. Marcos, trabajador autónomo en la fabricación de persianas, un sector lucrativo durante el auge de la construcción pero que hoy ya no lo es tanto, no puede pagarse una vivienda. "No me pregunte cómo logramos salir adelante. Mi mujer es la que lleva las cuentas, a mí no me da ni un euro...", afirma riéndose este abuelo, antes de volver a sumarse a la manifestación.


Fuente: PressEurop

Francia | En Córcega se asesina en silencio (Le Monde, Paris)

Ni una vela, ni una flor que recuerde sus últimos instantes. En los lugares donde cayeron no se encuentra ninguno de esos altares que en Córcega se ven por todos los arcenes de las carreteras, como centinelas de plástico que honran durante años la memoria de los automovilistas fallecidos al volante. Tampoco se ven placas como las dedicadas a los miembros de la resistencia en el Cours Napoléon, la calle principal de Ajaccio. Ningún rastro de esos ad memoriam erigidos en recuerdo de los militantes del FLNC, cuyos epitafios grabados en mármol aseguran que aunque se mataran entre sí, murieron "per a nazione". Desde hace seis años y desde el asesinato de un miembro de la Asamblea de Córcega, Robert Feliciaggi, nuevos fantasmas rondan Ajaccio a un ritmo que se acelera. Y confieren a la capital administrativa de Córcega un aire de campo santo.

Las calles de la ciudad imperial están marcadas con una nueva serie negra: las víctimas, o los miembros de un puñado de facciones rivales que imperan en la ciudad, emancipadas de la tutela de los ancianos y de los padrinos. Una nueva geografía fúnebre que se añade a dos hecatombes más antiguas. La de 1995, cuando, durante la "guerra civil" entre nacionalistas, a la muerte de una persona de un bando se respondía en menos de veinticuatro horas con un asesinato en el otro. Y la otra, más sangrienta aún, que conmocionó a la ciudad cuarenta años antes: la "guerra del Combinatie", un barco que transportaba cigarros y que encalló en el golfo de Ajaccio. La pelea por hacerse con su cargamento estructuró durante decenios los entornos corso y marsellés.

La espiral de asesinatos que no se deben ni a casualidades ni a ideales comienza en el aparcamiento del aeropuerto de Ajaccio. En 2006, Robert Feliciaggi fue asesinado con dos balas en la nuca ante el maletero de su BMW, donde se disponía a colocar su equipaje. Era un hombre de negocios grueso y jovial, siempre vestido de chaqueta y fumador, ni un golfo ni un nacionalista, ni tampoco un padrino como algunos de sus amigos. Ahí, ante el cartel de Avis donde se amontonan los viajeros para alquilar un coche, es donde podría iniciarse este extraño periplo, este juego de la oca mortuoria que se detiene, de momento, en una estación de servicio de la carretera de la Route des Sanguinaires, donde el abogado Antoine Sollacaro fue asesinado el 16 de octubre.

Desde el aparcamiento del aeropuerto donde murió "Robert", como le llamaba todo Ajaccio, yendo hacia la ciudad antigua, la autovía gira a la derecha, en dirección a Mezzavia, la zona comercial: en unas decenas de metros, no menos de cuatro muertos. Delante del colegio, Jules Massa, el guardaespaldas del jefe clandestino François Santoni. Enfrente, entre una furgoneta de pizzas cuyo vendedor fue eliminado tras el mostrador y la antigua cámara de agricultura, delante de la cual su presidente, Lucien Tirroloni, pereció en 1990 bajo 25 balas de 9 mm, un día de Navidad, una placa, la del "doctor Lafay". El veterinario había fundado una asociación para las víctimas del terrorismo. Herido por tres balas de revólver en 1982 por el FLNC, le invitaron cinco años más tarde a debatir sobre "la violencia" en un estudio de France 3 Corse. Al salir, fue abatido como un conejo sobre la acera. En las imágenes de archivo, se ve al "doctor Simeoni", uno de los héroes autonomistas de Aléria y su adversario en el debate de televisión, haciéndole el boca a boca al desafortunado.

"La violencia invade el paisaje, da forma a las mentalidades, organiza la sociedad, alimenta las conversaciones, nutre las columnas de los diarios, siembra el decorado de ruinas, contamina las calles", escribía el ensayista corso Nicolas Giudici antes de ser asesinado en 2001. Bajando por el Cours Napoléon se encuentra la demasiado célebre calle del Général-Fiorella. Una de las pocas placas mortuorias de la ciudad se encuentra al lado de la panadería Kallisté-Bouffe, donde los gendarmes del cuartel cercano acuden a comprar bocadillos. Allí, el 6 de febrero de 1998, el prefecto Claude Erignac fue "vilmente asesinado" mientras se dirigía al Teatro Kallisté. En el escaparate de esta sala de espectáculos en desuso, no ha cambiado nada: Los hermanos corsos, de Alexandre Dumas, que se desarrolla en el pueblo de Sollacaro, están en cartel desde hace catorce años. Y la Orquesta de Aviñón sigue tocando la Sinfonía inacabada de Schubert.

Siempre es en los bares de la ciudad desde donde, en cuestión de minutos, la noticia de una "malamorte", una muerte violenta, recorre Ajaccio, seguida de un rosario de aforismos. "Mejor él que yo", "Más vale hacer de carnicero que de ternero", "Más vale ver a los gendarmes que al cura". Y a veces, abriendo las manos con un gesto de impotencia: "Puede que tú no sepas por qué está muerto, pero él si lo sabe". El asesinato es durante varios días el único tema de conversación, pero en el momento en el que se acerca alguien a una mesa vecina, se baja la voz. Un ajaciano que quiere mantener el anonimato, cuenta, incluso cincuenta años después de que sucediera, que cuando era niño, después de tomarse una granadina en el Sporting, oyó disparos y gritó: "¡Han matado a François!". "Aún recuerdo la bofetada que me dio mi padre, diciéndome 'hablamos de un asesinato sólo entre nosotros', sobre todo en verano, cuando todas las ventanas están abiertas", reconoce.

Como mucho, la víctima tendrá una sala en el palacio de justicia, como el exdecano del Colegio de Abogados Antoine Sollacaro, o un bulevar, como Marie-Jeanne Bozzi, asesinada el 21 de abril de 2011 en un aparcamiento de Porticcio, ciudad de la que era alcaldesa. Al final del Cours Napoléon, junto al mar, no lejos de la jefatura regional, ¿alguien se acuerda de que un militante nacionalista llamado Yves Manunta estuvo a punto de morir en 1996? No pudieron con él noventa y nueve balas. En noviembre de 2011, a menos de cien metros de su primer campo de batalla, unas cincuenta balas silbaron de nuevo en sus oídos. Resultaron heridas su mujer y su hija de 10 años y hoy se encuentran bajo la vigilancia del servicio de protección de altas personalidades. Mientras, Yves Manunta se convirtió en uno de los fundadores de la Société méditerranéenne de sécurité (SMS), la tercera empresa más importante de la isla, que vigila los aeropuertos y los puertos de Córcega y de la Costa Azul. Pero luego se enemistó con su socio, Antoine Nivaggioni. Con su chaleco antibalas, delante de la puerta de los restaurantes que a veces frecuentaba, Yves Manunta bromeaba al principio de verano: "Me llaman Survivor". Pero el 9 de julio, unos asesinos acabaron con su vida a la vuelta de la esquina, en la calle donde se negaba a vivir recluido como una rata. "Al girar, no nos queda otro remedio que pensar en él cada día", comenta un funcionario de la Asamblea de Córcega, que se encuentra a cien metros de allí.

Un poco más abajo, hacia el mar, fue donde ejecutaron al otro socio de la SMS, Antoine Nivaggioni, el 18 de octubre 2010. Todo el mundo en Ajaccio conocía a "Antoine": era el hijo de los tenderos de La Parisienne, una tienda que abría hasta tarde. Dos hombres salieron de un baúl colocado sobre el techo de un vehículo aparcado delante del inmueble. Con una escopeta, un fusil de asalto y una pistola, los asesinos no le dieron ninguna posibilidad. "Por lo menos taparon los agujeros", comenta un habitante delante de los impactos que cubrieron el muro. Unos parches sobre los estigmas de un asesinato que a la ciudad le gustaría olvidar.

"Pensamos en los muertos unos días, unas semanas, y luego se pasa, como todo", suspira un peluquero de la calle Fesch, la arteria comercial de la ciudad, donde uno de los miembros de una de las bandas ajacianas fue abatido el 29 de enero de 2009. "¿Cómo decirlo? Forma parte de nuestro patrimonio", sugiere. "Si se pusieran estelas de recuerdo, la ciudad parecería un calvario", añade otro. Casi palabra por palabra, la frase de Mérimée para describir el "cementerio" en el que se convertiría la plaza Porta, en Sartène, si se colocaran cruces allí donde cayeron hombres.

En abril, cuando asesinaron a eso de la medianoche a Jean-Pierre Rossi, propietario de un establecimiento de kebabs cerca de la comisaría, cuando salía a tirar la basura todo el mundo comprendió rápidamente que había muerto en lugar de otra persona. La ciudad entera susurró el nombre del vecino afortunado, si se puede denominar así. El vendedor de sushi de la esquina de la calle propuso poner una placa en su memoria. La mayoría de vendedores se negaron. Lo único que tiene Jean-Pierre Rossi hoy como placa conmemorativa es un cartel de "Se vende".

Las figuras de los muertos nunca deben rondar por los cruces. "No es cobardía, es una protección, un modo de vida y de supervivencia. De lo contrario ¿qué hacemos cuando saludas en un bar a un tipo que se ha pasado dieciocho años en la cárcel?", plantea un periodista local. La sociedad corsa, comenta, es una sociedad de mentira sobre sí misma. "La isla solo tiene función de decorado, como en la literatura francesa del siglo XIX. Somos los últimos en pensar que Córcega es un lugar preservado. Vivimos en una especie de Cinecitta sin figuras humanas".

No hay ningún rastro de este murder tour en la literatura, ni siquiera de forma indirecta en las novelas policíacas locales. Tampoco en las guías. "Contemplé la idea de hacer un libro con fotos de las cruces en las carreteras de la isla, pero renuncié a ella", confiesa el editor Jean-Jacques Colonna de Istria. "Me di cuenta de que no tenía sentido. Sin embargo, los asesinatos...".

Por la mañana, en la terraza del Golfe o en el Cours Napoléon, los viejos ajacianos hojean el diario Corse-Matin, antes de enviar al mediodía sus cartas de condolencia: "Conocemos a todo el mundo". Pero cuando intentamos preguntar a alguno de ellos para sonsacarle la geografía y los misterios de este circuito mortuorio, da un giro malicioso rápidamente: "Me falla mucho la memoria. A veces me cruzo con personas en la calle que creía que habían muerto, las cosas van así rápido...".


Fuente: PressEurop

Hungría | Se abre la batalla por la tierra (Le Monde, Paris)

Nos encontramos ante un pórtico blanco de gran altura con una reja flamante: podríamos pensar que estamos a la entrada de un domino del mítico clan Ewing, en Texas. Pero el timbre, fabricado en Florencia, revela que el antiguo pabellón de caza de los condes Széchenyi, al suroeste de Hungría, pertenece a Carlo Benetton, de la dinastía italiana del sector textil. Además de ser propietario de inmensos terrenos en Argentina, aquí explota 7.000 hectáreas en las que se cultiva maíz, trigo y álamos.

"La gente llama al castillo 'Dallas'", comenta sonriendo Harri Sitos, secretario municipal de Görgeteg, al sur del lago Balaton. En cuanto al pueblo de 1.200 habitantes, rodeado con alambradas que protegen los terrenos de caza, algunos lo han apodado "Alcatraz", como la antigua cárcel estadounidense: en este municipio, la tasa de desempleo es del 50 % y no hay mucha esperanza de encontrar empleo, excepto en la seguridad de los terrenos.

Hungría no tiene petróleo. Pero posee terrenos cultivables (más de 5 millones de hectáreas) que agudizan el apetito por ellos. Porque la prohibición de compra impuesta desde 1994 a todos los extranjeros en Hungría y prolongada tras la adhesión del país a la Unión Europea en 2004, en principio acabaría en mayo de 2014. Al menos, según las previsiones de Bruselas.

Por eso se ha emprendido una carrera para que esta fuente de riqueza se quede lo máximo posible en manos húngaras. La nueva ley agraria, adoptada en julio por iniciativa del Gobierno conservador de Viktor Orbán, impide a los extranjeros adquirir en un futuro terrenos agrícolas y declara nulos los contratos firmados en previsión de la apertura del mercado.

"Todos los expertos dicen que Hungría tiene un gran potencial", recuerda Peter Roszik, presidente de la cámara agrícola de Györ-Moson-Sopron, al borde de la frontera austriaca. "Nuestras tierras tienen fama y hay de seis a ocho veces más candidatos que lotes disponibles".

Tampoco hay mucho que distribuir, excepto el medio millón de hectáreas cultivables del sector público y que el partido gobernante Fidesz había prometido durante la campaña legislativa de 2010 que reservaría a las explotaciones familiares.

Actualmente, aumenta la tensión entre los pequeños campesinos húngaros, que no disponen de créditos, y los "oligarcas", en muchos casos cercanos a Viktor Orbán, que se han beneficiado de las recientes adjudicaciones de terrenos (unas 100.000 hectáreas) que el Estado les alquila a bajo precio durante veinte años.

Estos terrenos valen oro, literalmente: "En Hungría, la tierra siempre se valora en las actas notariales en coronas de oro de la emperatriz María Teresa".

El secretario de Estado de Agricultura, Jozsef Angyan, paladín de la causa de los pequeños agricultores, dimitió a finales de enero por fracasar en su protesta contra este favoritismo. Desde entones, Jozsef Angyan, que sigue siendo diputado conservador, no ha dejado de publicar las cifras que demuestran que los "barones verdes" o "naranjas", el color del Fidesz, se están llevando los mejores terrenos.

La agricultura es un negocio excelente, gracias a las subvenciones europeas de unos 200 euros por hectárea y por la exención, durante al menos cinco años, del impuesto sobre los beneficios de las explotaciones. Los abusadores se embolsan así hasta 75 millones de florines [cerca de 264.000 euros] al año por 1.000 hectáreas.

Si los extranjeros pudieran invertir lo que quisieran, el precio de los terrenos aumentaría, pero su rendimiento sería menos rentable: esa es "la verdad prosaica que se oculta tras este celo nacionalista", analiza el jurista austriaco Peter Hilpold en el diario Die Presse.

Los medios de comunicación húngaros señalan que el 58 % de los diputados que ocupan escaños en el Parlamento de Budapest poseen terrenos, en la mayoría de los casos arrendados a terceros. Jozsef Angyan advierte de que el atractivo de la especulación de los terrenos es tal, que Hungría corre el riesgo de parecerse en breve a una "república bananera", con alambradas de espino y guardias armados para contener la criminalidad galopante. Un síntoma del deterioro del ambiente es que se han empezado a ver ocupaciones puntuales de terrenos.

"Esto es como Latinoamérica", comenta en Görgeteg Ander Balazs, representante departamental del partido de extrema derecha Jobbik, la tercera fuerza parlamentaria. Ander Balazs se unió a un grupo de militantes dispuestos a desmontar el pórtico de una de las propiedades de Carlo Benetton.

Pero ¿por qué poner en el punto de mira a Benetton, que adquirió los terrenos de forma legal, al principio de los años noventa, antes de alquilarlos a la antigua cooperativa comunista? "Porque son italianos y no húngaros", replica Enikö Hegedüs, diputada del Jobbik, que ha acudido como refuerzo a Görgeteg.

Las mismas autoridades de Budapest han actuado de forma xenófoba, al anunciar la anulación de los contratos dudosos. "Algunos de esos contratos", explica a Le Monde Gyula Budai, actual secretario de Estado para la Agricultura, "se registraron ante un notario o un abogado. Pero sin fecha, a la espera de que acabara la moratoria". Entonces sólo habría que completarlos e inscribir el nombre del nuevo propietario en el catastro.

El objetivo son los italianos, los belgas, los alemanes, los eslovacos y sobre todos los austriacos: según estiman las autoridades, sólo ellos controlarían 2 millones de hectáreas en terreno húngaro. En realidad, son diez veces menos, responde el agregado agrícola austriaco en Budapest, Ernst Zimmerl.

Por los caminos de Görgeteg, Harri Sitos desvela los discretos pactos que dan que hablar en los campos húngaros: aquí, hay 50 hectáreas de la sociedad forestal del Estado, puesta a disposición de un "oligarca" con contactos, gratuitamente; allí, un terreno reservado en principio a la caza, sembrado con maíz. "Esto no figura en ningún catastro ni en ningún producto interior bruto", señala. "Comparado con esto, los Benetton actúan con total legalidad".


Fuente: PressEurop